Reflexionamos sobre una verdad incómoda pero real: muchas veces no dudamos de que Dios exista, dudamos de que quiera intervenir en nosotros. Creemos que puede abrir puertas para otros, restaurar a otros, levantar a otros… pero no a nosotros. En el fondo no cuestionamos su poder, cuestionamos nuestro valor.
Pensamos que no somos suficientes, que llegamos tarde, que nos equivocamos demasiado, que otros sí califican para la gracia y nosotros solo para mirar desde lejos.
Y ahí aparece Pedro hundiéndose. El giro de tuerca es que Jesús no extendió la mano cuando Pedro caminaba firme, la extendió cuando estaba fallando. No lo sostuvo en su mejor momento, lo sostuvo en su momento más frágil.
Porque la fe no consiste en aparentar seguridad, hablar fuerte o esconder dudas. La fe verdadera muchas veces se parece más a una mano temblando que se levanta pidiendo ayuda. Y aun así, Jesús la toma.