Imaginen esto: Estamos a finales del siglo XV. El mundo se ha abierto, los océanos ya no son un muro, sino un puente hacia la riqueza del Nuevo Continente. Miles de barcos surcan el Atlántico, llevando especias, oro y sueños.
Pero, a bordo de cada navío, el capitán lleva consigo un secreto oscuro, un enemigo invisible que convierte la navegación en una ruleta rusa: el gran enigma de la longitud.
Podían medir la latitud—saber qué tan al norte o al sur estaban—simplemente mirando al Sol. Pero una vez que la última referencia de tierra, el pico del Teide, por ejemplo, desaparecía tras el horizonte, la inmensidad azul se convertía en un laberinto sin marcas. Saber qué tan al este o al oeste estaban era un misterio irresoluble.
Descubrir un método para calcular longitud, el este y el oeste fue una carrera científica y técnica que ríete tú de la carrera espacial, un hito que hoy te contaremos. Con Ignacio Rodríguez, coordinador de actividades académicas de la Fundación Canaria-Orotava de Historia de la Ciencia.