<p>Escribí <em>Florero Vacío</em> el 8 de octubre de 2025. </p><p>Este episodio nace de un anhelo que pocas personas se permiten en los momentos más difíciles: la necesidad de llorar sin ser cuestionados. De derramar lágrimas sin tener que explicar el dolor. </p><p>Cuando somos niños, tendemos a llorar mucho y rara vez se nos pregunta por qué. Lo hacemos con total libertad, dejamos salir el dolor y simplemente pasa. </p><p>En cambio cuando somos adultos, parece que necesitamos encontrar una justificación lógica para poder llorar y por eso muchas veces no logramos soltar ni una sola lágrima.</p><p>Durante gran parte del 2025, sentí que todo lo que había hecho hasta ese momento era un total fracaso, un fiasco. </p><p>En mi mente se repetía la imagen de un lienzo blanquísimo manchado de negro y sentía que ese, teóricamente, era yo. </p><p>Pero también me acompañaba un miedo penetrante: el temor a alejarme tanto de la realidad que terminara olvidando lo necesario que es, a veces, llorar y soltarlo todo.</p>