Las Moradas o Castillo Interior, de Santa Teresa
Las Moradas o Castillo Interior, de Santa Teresa

Las Moradas o Castillo Interior, de Santa Teresa

Abunadi

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La mística teresiana se centra en la experiencia humana del amor, de manera que todo el que haya amado o se haya sentido amado es capaz de entender, porque la experiencia teresiana es capaz de elevar el amor a experiencia religiosa. A poco que hayamos vivido el amor humano, seremos capaces de entender el amor divino. Mística es vivir el misterio de la fe. La profundidad con que se vive el amor es lo que hace al místico. Teresa nos invita a considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos y en el centro y mitad de todas estas tiene la más principal que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma (1, 1). Estas moradas son las del misterio de Dios y de la persona humana. Somos un castillo habitado por Dios. Teresa comienza su itinerario descubriendo la grandeza de la persona. La mística teresiana, insistimos, no nos saca nunca de la realidad, sino que, muy al contrario, nos mete en ella, nos hace comprometernos con ella desde la interioridad, y nos ayuda a transformarla.

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Las Moradas o Castillo Interior, VI Moradas Cap. 10 y 11 (15)
JUL 29, 2013
Las Moradas o Castillo Interior, VI Moradas Cap. 10 y 11 (15)
Teresa afirma que hay muchas maneras a través de las cuales Dios, por pura gracia suya, se hace cercano a la persona: en una situación de aflicción o en una contrariedad grave, para que se sienta unificada y en paz o para experimentar el gozo del amor mutuo. Al final de las sextas moradas, Teresa nos va a regalar un capítulo genial. El Esposo va a aportar un nuevo regalo a la esposa: los deseos insatisfechos de poseerle. La fuerza del amor va a purificar cualquier resabio de egoísmo que pudiera empañar el amor hondo, sereno, inquebrantable del matrimonio. Ante tantos detalles de Dios, la persona no acaba de sentirse reconfortada y pacíficamente anclada en Él. Al contrario, como va conociendo más y más la grandeza del amor de Dios, le crece igualmente el deseo de poseerle. Y experimenta el tormento de la ausencia. Aumenta el amor y el conocimiento de Dios, pero al mismo tiempo aumenta también la pena de no poder gozar de tan sumo bien. No obstante, el alma considera que esta pena tan radical no deja de ser otra delicadeza más de Dios. Este deseo abisal de Dios, que comporta el desconsuelo de la lejanía, se convierte, sin embargo, en una de sus deferencias más exquisitas. Es el anhelo de totalidad que inunda la pequeñez del ser humano que ha avanzado en el conocimiento y amor de Dios (6M 11,6-9). - Los efectos de esta experiencia de Dios, amarga y sabrosa al mismo tiempo, son inestimables. Consolidan la fidelidad afrontando con valentía cuantas dificultades se le cruzan en el camino, aportan un desapego extremo de los bienes de este mundo y una entrañable y madura libertad de todas las criaturas.
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