Santo Evangelio Diario Domingo XXVIII ORDINARIO 11 de octubre Mons Enrique Diaz Diaz

OCT 11, 20269 MIN

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XXVIII  Domingo Ordinario  Isaías 25, 6-10: “El Señor preparará un banquete y enjugará las lágrimas de todos los rostros” Salmo 22: “Habitaré en la casa del Señor toda la vida” Filipenses 4, 12-14.19-20: “Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza” San Mateo 22, 1 – 14: “Conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren” Quien lea con atención el canto del banquete de Isaías, que hoy se nos presenta en la primera lectura, se quedará sorprendido por la descripción fantasiosa de una reunión de todos los pueblos convocados a participar del banquete ofrecido por el Señor en el monte de Sión. No solamente se presentan platillos suculentos y vinos exquisitos, sino se ofrece una verdadera paz, quitar el velo de muerte y arrancar el paño de dolor que cubre el rostro de los pueblos. ¿Solamente fantasías? Quizás los hombres nos hemos conformado con sueños mezquinos y hemos limitado las expectativas que Dios tiene al crear a la humanidad. Quizás estamos cegados por nuestros intereses individualistas que limitan la felicidad a cada uno de los hombres y se cierra el corazón a la participación de todas las gentes. El gran sueño e ideal de Dios es este banquete en el que participen todos sus hijos, donde no haya distinciones, donde puedan quitarse el dolor y la muerte. Sin embargo, el hombre, con sus ambiciones y egoísmos, se cierra al plan de Dios y se abalanza sobre los bienes de la naturaleza arrebatando a sus hermanos lo que necesitan para comer y vivir dignamente. La condición que pone Isaías para que llegue este día de ensueño es reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros: “Aquí está nuestro Dios. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae”. Ahora la profecía de Isaías suena como un reto, como un desafío que nos impulsa a contribuir desde nuestra pequeñez a hacer realidad el proyecto de Dios. Entre más desequilibrio haya, entre más lejanos estemos de este proyecto, menos humanos seremos. La parábola de San Mateo viene a añadir nuevos matices este bello sueño. Uno de los símbolos más usados por Jesús para expresar las características del Reino es el banquete y la fiesta, porque así es el evangelio: un mensaje de alegría, de fiesta y de vida. Pero la parábola de este domingo presenta aspectos que a primera vista nos parecen excesivos y hasta chocan con nuestra mentalidad. La invitación siempre deja la posibilidad de aceptarla o rechazarla, pero en la narración la negación provoca la ira del rey a tal grado que manda matar a los renuentes y quemar la ciudad. Por otra parte, quienes la rechazan se sienten tan ofendidos por la insistencia a la invitación que dan muerte a los mensajeros. La construcción de un nuevo mundo donde todos tengamos la posibilidad de vivir como hermanos, con dignidad y respeto, no se puede tomar a la ligera como si sólo de una invitación cualquiera se tratara, es la invitación que dará todo el sentido a nuestra propia vida y a la vida de la humanidad. Cada vez que el hombre separa de la mesa a su hermano, se hace menos humano y lastima a toda la humanidad. Tan importante es este “banquete universal” que Cristo se hace hombre para hacer posible a todos los hombres y mujeres su participación plena. No podemos negarnos, ni tampoco negar la participación a otras personas. Torcemos el proyecto de Dios y desvirtuamos el sentido de la naturaleza y del hombre. Hay parábolas que nos parecen extremosas y que en nuestro tiempo son difíciles de entender si las tomamos al pie de la letra y no buscamos el fondo de sus enseñanzas.